lunes, 29 de septiembre de 2014

Libro 1

1.    Un mundo devastado

Saethe se despertó sobresaltado, la imagen de Hekanis seguía en su mente, sus palabras en sus oídos y su espada en sus manos. Ether era el único recuerdo de su “clan”, todo lo demás había quedado reducido a cenizas.
Saethe estaba medio incorporado apoyado en sus codos con la respiración agitada. Cuando se dio cuenta de que estaba en la cueva donde había pasado la noche, entonces se tranquilizó, se sentó y apoyo su espalda en la pared. Puso a Ether en su regazo y la contempló fijamente… aquella espada tenía cientos de años de existencia aunque parecía nueva, la vaina era de un metal negro brillante que Saethe no conocía, tenia grabado un dragón dorado desde la boca hasta la punta. La empuñadura era maciza con un pomo en forma de una pirámide invertida, la guarda era dorada y un poco más grande de lo común lo cual ofrecía una protección extra al dedo. La hoja, larga y delgada era tan oscura como su vaina, de noche, era imposible verla o saber hasta donde llegaba, pero Saethe estaba familiarizado con Ether, la había aceptado y ella a él. Llevaban mucho tiempo juntos, desde aquella noche habían sido compañeros y Saethe había dejado de verla como un arma, ahora la consideraba una extensión de sí mismo; otra extremidad de su cuerpo.

Saethe cerró los ojos y recordó… No era algo sano, lo sabía, pero cuando se vive en un presente tétrico esperando un futuro lúgubre lo mejor que se tiene es un pasado jubiloso.

Habían pasado ya 7 semanas desde que los caídos habían devastado a su clan, Saethe y Hekanis junto a otros compañeros intentaron defender a su hogar, pero era en vano, habían llegado demasiados caídos al mismo tiempo. Saethe había logrado huir con su maestro pero él no lo logró…

 Después de estar lejos de su aldea Saethe se rindió ante el sueño, no fue agradable, vio los rostros de todos a quienes había perdido, desfigurados por el dolor y el miedo, sintió su debilidad al recordar que todos sus esfuerzos fueron en vano y que todo lo que le importaba se había ido. Los gritos de Hekanis lo despertaron, habían pasado solo unas horas pero su maestro ya estaba demostrando los primeros síntomas de la penitencia, Hekanis estaba a punto de convertirse en un caído.

Saethe había vivido el origen de la penitencia. Estaba paseando con una chica que había conocido unas horas antes, estaban por entrar en una taberna a las afueras de la ciudad cuando el cielo nocturno se iluminó de golpe. El antes estrellado firmamento ahora estaba  completamente blanco, la extraña luz persistió por varios minutos y luego desapareció tan repentinamente como había llegado. Inmediatamente en las televisiones de la taberna pasaron un mensaje de emergencia, el reactor nuclear Shoudren en las cercanías de la ciudad había explotado de improviso, se estimaba que en 6 minutos la onda de la explosión llevaría una nube radioactiva a la ciudad y se ordenaba un toque de queda de emergencia. Saethe trato de llevar a la chica consigo pero ella insistió en volver con su familia. Saethe ni siquiera se despidió, corrió como un desjuiciado hacia su casa, vivía solo, pero temía por su vida. Atravesó las calles, ya desiertas, de la ciudad y llegó a su casa. 20 mts antes de llegar a la puerta se dió cuenta de que no llevaba las llaves con él.

Sin detenerse corrió por la pared contigua a la puerta y logró agarrarse del alfeizar de una ventana, subió un poco y la golpeó, la ventana se abrió sin mayor esfuerzo y mientras Saethe trepaba murmuro un agradecimiento a Dios porque la ventana estaba abierta. Corrió hacia el piso de abajo, en la cocina tomo una botella de agua, pan y carne y bajo al sótano encerrándose en él. Afortunadamente en el sótano pasaba la mayor parte de su tiempo y durante meses lo había acondicionado para sus gustos y necesidades. Tenía un baño, una pequeña estufa, una televisión, su colección de libros, una sábana y su guitarra (que hacía mucho tiempo no tocaba). Ya a salvo Saethe se concentró para tranquilizarse y se dio cuenta de que en algún momento de su carrera se había hecho un corte en el brazo derecho, fue al lavabo se desinfecto la herida y se vendo con un trapo de lino que tenía guardado. Con un dolor punzante en el brazo fue hacia la pequeña cocina y tomo todos los vasos que había para llenarlos en el lavabo, no pensaba a arriesgarse a tomar agua después de un accidente nuclear. Buscó en internet noticias en tiempo real y lo que escucho casi de inmediato lo dejo estupefacto.


Un rayo gama había pasado peligrosamente cerca de la tierra destruyó Urano y provocó una reacción en los materiales radioactivos con los que se trabajaban en todo el mundo. Cualquier reactor en cualquier parte del planeta había explotado y cuando estaban por informar de las consecuencias que esto tendría la señal se perdió la luz del sótano se apago. Saethe no oyó nada que no fuera un viento salvaje y torrencial. En una hora más o menos sumido en una penumbra absoluta supo que el apocalipsis había comenzado...

Libro

Hola chicos, oigan les quería contar que tengo que escribir un libro y quiero compartir con ustedes mis avances para que se entretengan un rato y si encuentran alguna falla de mi parte ya sea ortográfica de redacción o de narración me lo comenten por favor, voy a subir un cap. por semana aproximadamente para que los esperen va??

Prólogo
¿Olvido o ignorancia?

Era una noche soleada, Saethe estaba de pie junto a las raíces del enorme cerezo al centro de una pequeña isla flotante. El suelo estaba cubierto de oenotheras recién abiertas que reflejaban la luz del sol haciendo parecer que el alrededor del milenario árbol ardía con llamas doradas. El viento susurraba en su idioma, un idioma que sólo entienden aquellos que saben escuchar; las oenotheras se mecían al son de la silenciosa música con la que sumía a todo el lugar.

Saethe estaba ahí, en medio de todo aquello, observando el ocaso en el mar. Un sol anormalmente grande que intentaba refugiarse tras unas infinitas aguas peinadas por el viento. Pero aquello no se acababa, el sol no se había movido y tampoco se movería después. La música del viento acalló, pasaron unos segundos de silencio total y volvió, pero ya no era una suave melodía, era un sólo sonido: agresivo y peligroso. El viento arranco hojas del cerezo que cayeron sobre Saethe, lo rodearon y danzaron alrededor de él, giraban y caían con infinitos patrones irregulares, cambiantes y únicos. La danza de las hojas terminó y todas salieron, guiadas por el viento, de la pequeña isla perdiéndose en el horizonte, viajando hacia el sol. Saethe las siguió con la mirada y cuando la volvió Hekanis estaba de pie, impotente, frente a él.

Lo miraba fijamente, su expresión delataba indiferencia, orgullo, lástima, cariño y comprensión, todo al mismo tiempo. A pesar de que le daba la espalda al sol, y el rostro de Hekanis era un mar de sombras, Saethe distinguió las heridas en su cuerpo, la sangre que escurría de sus ojos y el corte en la garganta que él le había hecho.

“-Rápido-“ Hekanis no movía la boca pero sus palabras resonaron dentro de la cabeza de Saethe. Su voz era suave, reconfortante y amable como la de un padre y un amigo pero también estaba cargada de desesperación, apuro y miedo “-Encuéntrala antes de que sea tarde”- Saethe estaba aturdido pero al final logro hablar –Maestro, A qué se refiere? ¿Qué tengo que encontrar?  Saethe se percató de que su voz temblaba de angustia, pero Hekanis sólo agregó “-Recuerda”-, al mismo tiempo que le ponía a Ether en las manos y todo se oscurecía mientras la voz de Hekanis se apagaba.
Saethe trato de conservar aquello pero no tenía caso.


No se puede recordar lo que nunca se supo.

viernes, 12 de septiembre de 2014

image chef

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Voki

I just made a new Voki. See it here:

La leyenda del pez koi

Hola chicos el día de hoy les traigo (como mi primera entrada) 
la leyenda del pez Koi... Que la disfruten!!

Hace mucho tiempo en un pasado lejano, el agua del 
río azul que fluía desde el cielo y el río dorado que fluía 
desde la tierra, estaban separados por el legendario 
portal del Dragón.

El río dorado, llamado así por el color oro de sus 
aguas, era el último lugar donde podían nadar libremente
los habitantes del mar;  ya que los Dioses que 
caminaban en la tierra habían destruido su inmenso hogar 
creyéndose los dueños verdaderos de todo lo que 
alcanzaba sus ojos.

Entre todos los habitantes de sus aguas, la familia de 
peces Koi eran los más hermosos de todos, brillaban a 
la luz del sol como estrellas relucientes. El de color 
negro era el papá Koi, el rojo la mamá Koi y su pequeño 
hijo Koi destacaba por un color azul profundo.

Lo que más deseaba el pequeño pez Koi era llegar a 
las aguas del río azul pues su padre le contó que hubo 
un tiempo en que no existían barreras entre un lugar 
y otro. Y los peces más valientes, los peces dragones 
volaban en los cielos, como perlas iluminando toda 
oscuridad. La entrada se encontraba río arriba y 
traspasando el portal del Dragón, se llegaba a la 
Gran Cascada del río azul. A todo aquel que llegara le 
salían alas doradas, para volar, convirtiéndose así en 
Dragón. 

El pequeño pez Koi, decidido a encontrar la Gran Cascada 
se dispuso a nadar río arriba contra la corriente.
 Los otros peces desanimados pensaban que era más fácil 
nadar con la corriente y no se molestaban en descubrir 
que había más allá de la cascada pues los caminantes de
la tierra ponían trampas para burlarse de ellos.

A pesar de ser la corriente tan fuerte, el pequeño pez 
Koi haciendo un gran esfuerzo, aleteó lo más fuerte 
que podía. Avanzaba lentamente pero poco a poco iba 
haciendo camino y se abría paso por el río. El ruido 
del chapoteo llamó la atención de los caminantes de la 
tierra, enfadados porque un pez pequeño se atreviera 
a desafiarlos, mandaron llamar al monstruo de la 
gran boca el cual se tragaba entero todo lo que 
nadaba a su paso. 

Ellos no contaban con el que el pez Koi tenía un tamaño 
muy pequeño y por ello, sin problemas, atravesó la piel 
agujereada del monstruo. Siguió nadando río arriba y 
de pronto el agua se tornó oscura y sucia. No podía ver 
nada y comenzaba a encontrarse mal. Los caminantes 
de la tierra se jactaban de haber vencido los esfuerzos 
del pequeño pez, cuando de pronto desde la orilla el 
Dios del Aire compadecido mandó llamar a un remolino
de viento  que se llevó toda la suciedad y le despejó el 
camino para que continuara.

El pez Koi continuó, ya estaba cerca lo presentía en sus 
aletas. Siguió y siguió nadando, pero algo extraño 
pasaba, había menos agua a su alrededor. Y de pronto 
se topó con un muro de piedra que se elevaba casi 
hasta el cielo. ¿Qué podía hacer ahora? Al otro lado se 
encontraba el portal del dragón. Entonces pensó que 
su única posibilidad era saltar lo más fuerte que pudiera 
lo intentó y el pez Koi no se rendía, a pesar de que 
oía la risa de los caminantes burlándose de él. Una y 
otra vez arrojó su cuerpo al aire para caer de nuevo al agua

Estaba tan cansado que incluso parecía que el muro era 
mucho más alto. Pero nunca quiso darse por vencido. 
El Dios de las Aguas que le estaba observando, emocionado
por su valentía quiso echarle una mano, ya que 
los caminantes habían detenido su curso y despreciado 
sus aguas a capricho. Cuando el pez Koi reuniendo 
todas las fuerzas que le quedaban se preparaba para el 
último salto, el Dios de las Aguas hizo llamar a las olas 
y su salto se elevó hasta alcanzar la cima y poder 
pasar al otro lado hacia la Gran Cascada del río Azul.

Y así debido a que no se rindió nunca el pequeño pez 
Koi pudo saltar al otro lado del portal y desapareciendo 
en la niebla renació como un precioso Dragón. 
Por las noches se puede ver al pequeño pez chapoteando
alegremente por las aguas del gran río Azul.

Y desde ese día siempre que otro pez encuentra la 
fuerza, el coraje y la perseverancia como hizo el pequeño 
pez Koi de subir a contracorriente superando sus 
dificultades, es recompensado con la metamorfosis y 
transformado en un precioso Dragón.